La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, presentó el 6 de agosto de 2026 un estudio elaborado por un comité de expertos que recomienda que los proyectos de gas no convencional mediante fracturación hidráulica se realicen únicamente con agua salada, descartando el uso de agua dulce y la explotación de la cuenca Tampico-Misantla.
El informe propone reciclar al menos el 75% del agua utilizada en los procesos de fracking y establecer un sistema de monitoreo permanente para mitigar impactos ambientales. La recomendación busca reducir la dependencia del gas importado de Estados Unidos, que representa el 75% del consumo mexicano, y abrir la evaluación de otras cuencas como Sabinas-Burro-Picachos en Coahuila y Nuevo León, y Burgos en Tamaulipas.
La técnica de fracturación hidráulica ha sido cuestionada por organizaciones ambientalistas, que advierten sobre riesgos de contaminación de agua potable y emisiones de metano. En este caso, el comité de expertos de la UNAM sugirió que el uso exclusivo de agua salada podría minimizar los impactos sobre recursos hídricos esenciales para consumo humano y agricultura.
El Instituto Mexicano de Tecnología del Agua iniciará perforaciones exploratorias para determinar la disponibilidad de agua salada en las áreas potenciales de explotación. El gobierno busca así avanzar en proyectos de gas no convencional con criterios técnicos más estrictos, pese a la oposición de unas 30 organizaciones civiles que rechazan el estudio por considerarlo alineado con la estrategia oficial.
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Sheinbaum, científica con experiencia en cambio climático, había mantenido una postura crítica hacia el fracking durante su carrera política, al igual que su antecesor Andrés Manuel López Obrador. Sin embargo, el aumento del consumo de gas —que alcanzó un récord de 9.100 millones de pies cúbicos diarios en 2025, de los cuales 6.800 millones fueron importados— y las tensiones con Estados Unidos llevaron a un cambio de enfoque.
Las proyecciones oficiales estiman que México necesitará un 30% más de gas para 2030, principalmente para generación eléctrica. En ese marco, el uso de agua salada en proyectos de fracking se presenta como una alternativa técnica para habilitar la explotación de yacimientos no convencionales y reducir la dependencia externa.