El aumento del precio internacional del petróleo modificó las proyecciones del sector energético y volvió a ubicar a Vaca Muerta en el centro de las cuentas externas argentinas. Con un Brent promedio cercano a los US$82 por barril, las estimaciones privadas y oficiales ajustaron al alza el aporte del complejo hidrocarburífero.
Para 2026, el esquema previsto marcaba exportaciones energéticas por más de US$11.100 millones, importaciones cercanas a US$3.000 millones y un saldo positivo de alrededor de US$8.000 millones. Con los nuevos valores del crudo, las exportaciones podrían rondar los US$11.300 millones y sumar unos US$3.100 millones adicionales.
Ese ingreso aparece en un momento financiero sensible para el Gobierno nacional. Según el cronograma oficial, el Ministerio de Economía debe afrontar pagos a bonistas privados por unos US$4.200 millones entre junio y julio.
El negocio petrolero no resuelve por sí solo las necesidades del Tesoro, pero mejora una cuenta externa que la Argentina observa con urgencia y que hoy depende en gran medida del desempeño del sector energético.
Las proyecciones de largo plazo muestran un potencial mayor. En su escenario considerado más probable, la Cámara de Exploración y Producción de Hidrocarburos estima que para 2035 el saldo comercial energético podría alcanzar los US$48.700 millones, con exportaciones superiores a US$53.500 millones.
Ese número ubica a Vaca Muerta como una de las principales fuentes potenciales de divisas para la próxima década, siempre que se cumplan condiciones de inversión, infraestructura y financiamiento.
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El sector advierte que ese recorrido no puede sostenerse únicamente con precios altos. Carlos Ormaechea, presidente de la cámara y chairman de Tecpetrol, planteó que la expansión del shale requiere previsibilidad y costos financieros más bajos. “Necesitamos bajar el riesgo país para hacer viable el financiamiento.
Vaca Muerta no es una fiesta, tenemos objetivos ambiciosos y hay que trabajar mucho y bien para lograrlos”, afirmó. Con un riesgo país por encima de los 1.600 puntos, el acceso al crédito externo se vuelve limitado y obliga a financiar proyectos con flujo propio o esquemas de prefinanciación de exportaciones.
El problema estructural está en el volumen de capital que demanda la actividad. Las petroleras proyectan inversiones cercanas a US$13.000 millones para este año y un pico superior a US$21.000 millones el próximo, según datos de la CEPH y de la Secretaría de Energía.
Una parte significativa de ese monto se destina a infraestructura: pozos, plantas de tratamiento, oleoductos, gasoductos y sistemas de transporte que permiten convertir la producción en exportaciones sostenidas.
La infraestructura aparece como una condición tan determinante como el precio internacional. El oleoducto Vaca Muerta Sur, los proyectos de exportación vinculados con Río Negro y las ampliaciones de capacidad en los puertos del Atlántico forman parte de la necesidad de evacuación de crudo y gas desde la cuenca.
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Sin capacidad física para transportar la producción, el potencial exportador queda atrapado dentro del yacimiento y la expansión pierde velocidad.
El sector también observa la declinación de la producción convencional, que continúa abasteciendo al parque refinador argentino y sostiene ingresos provinciales. Las cuencas maduras registran caídas anuales de entre el 8% y el 12%, según datos oficiales. La CEPH pidió un marco específico para reducir esa tendencia y sostener niveles de producción que todavía resultan relevantes para el suministro local. La apuesta exportadora del shale convive con la obligación de evitar que la actividad tradicional pierda peso demasiado rápido.
La historia energética argentina condiciona la lectura actual. Durante décadas, apagones, subsidios, tarifas congeladas y dependencia externa definieron una matriz marcada por la escasez. El cambio de etapa aparece cuando el país pasa de importar energía cara a discutir cuánto puede exportar y bajo qué reglas.
La guerra elevó el precio del petróleo y mejoró las proyecciones, pero el propio sector evita presentar ese movimiento como una base estable. La continuidad del superávit energético dependerá de precios, obras, capital y reglas que reduzcan la incertidumbre.
Vaca Muerta ya produce números que pesan en la balanza comercial. La próxima etapa exigirá transformar proyectos en infraestructura terminada y financiamiento disponible. El límite pendiente será sostener inversiones millonarias sin que la oportunidad exportadora se diluya entre costos, demoras y volatilidad internacional.